Tu cerebro es idiota: «Es una colección casual de apaños, chapuzas y atajos»

Tu cerebro es idiota: «Es una colección casual de apaños, chapuzas y atajos»

El pensamiento distingue al hombre de otros animales, pero también le lleva al desastre. El periodista Tom Phillips publica ‘Humanos’, un recorrido por las mayores pifias de la Historia del que le ofrecemos un adelanto.

Hay algo en la forma de pensar del ser humano que nos distingue como especiales. O sea, es una obviedad; está en el nombre mismo de nuestra especie: ‘Homo sapiens’, que es «hombre sabio» en latín (la modestia, seamos sinceros, nunca ha sido realmente uno de nuestros rasgos definitorios).

Y, para hacer justicia a nuestro ego, el cerebro humano es una máquina en verdad extraordinaria. Somos capaces de detectar patrones en nuestro entorno y elaborar a partir de ellos previsiones fundadas de cómo podrían ir las cosas, construyendo así un modelo mental del mundo complejo. Luego podemos desarrollar ese modelo mental con avances imaginativos: tenemos la capacidad de concebir cambios en el mundo que mejorarían nuestra situación. Y podemos comunicar esas ideas a nuestros congéneres, para que otros puedan aportar mejoras que a nosotros no se nos habrían ocurrido […].

Después, podemos persuadir a otros para que trabajen colectivamente al servicio de un plan que solo existía previamente en nuestra imaginación. Y a partir de ahí, repetimos el proceso muchas veces de cientos de formas distintas, una y otra vez, y lo que fueron en su día innovaciones drásticas se convierten en tradiciones, que a su vez generan nuevas innovaciones, hasta llegar finalmente a algo que podríamos llamar cultura o sociedad. […]

Pero por muy admirable que sea el cerebro humano, también es sumamente raro, y proclive a funcionar rematadamente mal en el peor momento posible.Tomamos regularmente decisiones fatales, creemos cosas irrisorias, ignoramos evidencias científicas que tenemos delante de las narices y nos descolgamos con planes carentes del menor sentido. Nuestra mente es capaz de concebir conciertos y ciudades y la teoría de la relatividad y hacerlos realidad, y en cambio es incapaz de decidir qué tipo de patatas fritas queremos comprar en el supermercado sin meditarlo penosamente durante cinco minutos. […] En pocas palabras: ¿cómo podemos enviar hombres a la Luna con éxito y, a pesar de todo, mandar ese mensaje de texto a nuestra ex?Todo se reduce a las formas en que evolucionó nuestro cerebro.

Lo que ocurre es que la evolución, en tanto que proceso, no es inteligente; pero al menos es persistente en su idiotez. A la evolución, lo único que le preocupa es que sobrevivas a las mil posibles muertes espantosas que te acechan a cada paso, el tiempo suficiente para asegurar que tus genes lleguen a la siguiente generación. Si lo consigues, ha cumplido con su trabajo. Si no, mala suerte […]

Eso quiere decir que nuestro cerebro no es el resultado de un meticuloso proceso de diseño orientado a crear la mejor máquina pensante posible; lo que es una colección casual de apaños, chapuzas y atajos que hicieron a nuestros antepasados remotos un 2 % más efectivos a la hora de conseguir comida, o un 3% mejores en comunicar el concepto ¡mierda, es un león, ten cuidado!

Estos atajos mentales (denominados heurísticos, si queremos ponernos técnicos) son imprescindibles para sobrevivir, para interactuar con otros y para aprender de la experiencia: no puedes sentarte a currarte todo lo que necesitas a partir de un puñado de axiomas. Si tuviéramos que efectuar el equivalente cognitivo de un ensayo aleatorio controlado a gran escala cada vez que quisiéramos evitar quedarnos aturdidos al salir el sol por la mañana, no habríamos llegado muy lejos como especie. Es mucho más razonable que tu cerebro se diga: «Ah, sí, ya sale el sol» cuando ya lo ha visto salir unas cuantas veces. Igual que si Jeff te dice que comer las bayas moradas de aquel arbusto le sentó como un tiro, probablemente sea mejor creerle que comprobarlo personalmente.

Pero también es aquí donde empiezan los problemas. Con todo lo útiles que resultan los atajos mentales (como los atajos en general), a veces nos pueden llevar por el mal camino. Y en un mundo en el que los asuntos con que hemos de lidiar son mucho más complejos que un «¿pruebo las bayas moradas o no?», nos hacen equivocar el camino muy, pero que muy a menudo. Hablando claro: gran parte del tiempo, tu cerebro (y el mío, y, en definitiva, el de cualquiera) se comporta como un perfecto idiota.

Para empezar, está esa habilidad de detectar patrones. El problema es que nuestro cerebro se aplica a ello tan a fondo que empieza a ver patrones por todas partes; incluso donde no los hay. Tampoco es un problema grave cuando se trata de cosas como señalar las estrellas del cielo nocturno y decir: «Oh, mira, es un zorro persiguiendo una llama». Pero cuando el patrón imaginario que uno ve es del tipo «la mayoría de los crímenes los comete un determinado grupo étnico…», bueno, entonces el problema es realmente serio […]

Hasta profesionales avezados pueden ser víctimas de este tipo de ilusiones. Por ejemplo,muchos trabajadores sanitarios te dirán con total seguridad que la luna llena supone indefectiblemente una mala noche en urgencias: un aluvión de pacientes, lesiones raras y conductas psicóticas. La única objeción es que esto ha sido objeto de estudios y, por lo que han podido concluir, es sencillamente falso. Y, sin embargo, un montón de profesionales con talento y experiencia pondrían la mano en el fuego por que sí se da tal conexión.

¿Por qué? Bueno, no es una convicción que surja de la nada. La idea de que la luna trastorna a la gente circula desde hace siglos. De ahí viene la palabra lunático; por eso tenemos el mito de los hombres lobo (puede que también esté relacionada con la supuesta correlación entre las fases lunares y el ciclo menstrual de las mujeres). ¡Y puede que fuera más o menos cierto en su día! Antes de que se inventara la luz artificial, y especialmente la iluminación urbana, el efecto de la luz de la luna sobre la vida de la gente era mucho mayor. Una teoría sugiere que la luna llena desvelaría a las personas sin hogar que duermen al raso, y la privación de sueño exacerbaría cualquier problema de salud mental que pudieran tener […]

Sea cual sea su origen, es una noción enquistada en nuestra cultura desde hace mucho. Y una vez que has oído la idea de que la luna llena es un tiempo de locuras, es mucho más fácil que recuerdes todas las veces que lo fue, y que olvides aquellas otras que no. Sin pretenderlo, tu cerebro habrá creado un patrón a partir de un hecho aleatorio.

Una vez más, esto se debe a los atajos mentales que toma nuestro cerebro. Dos de los más importantes son el heurístico de anclaje y el heurístico de disponibilidad, que nos ocasionan molestias sin fin.

Anclaje significa que en el momento de tomar una decisión sobre lo que sea, sobre todo si no tienes mucho de lo que tirar, te influye de forma desproporcionada cualquier información que te llegue primero. Supón, por ejemplo, que te piden que calcules cuánto cuesta algo, en una situación en que es poco probable que dispongas de la información necesaria para hacer una valoración bien fundada; pongamos que hablamos de una casa de la que solo te enseñan una foto (nota para millennials: las casas son esas cosas grandes hechas de ladrillo que nunca podréis comprar). Sin más información que esa en que basarte, mirarás la foto, estimarás a ojo de buen cubero lo lujosa que parece y aventurarás una respuesta a ciegas.

Pero tu suposición puede resultar radicalmente sesgada si de entrada te sugieren una cifra de la que partir (a través, por ejemplo, de una pregunta previa del tipo: «¿Crees que esta casa vale más de 400.000 euros, o menos?»). Bueno, es importante comprender que esa pregunta no te ha facilitado en realidad ninguna información de utilidad; no es lo mismo, pongamos por caso, que si te dicen por cuánto se han vendido recientemente otras casas de la misma zona. Y, sin embargo, la gente a la que le apuntan una cifra de 600.000 euros acaba, de promedio, estimando el valor de la casa en más que la gente a la que le sugieren una cifra de 200.000 euros. Por más que la pregunta precedente no sea informativa en absoluto, no deja de afectar a tu juicio, porque te han dado un «ancla»: tu cerebro lo toma como punto de partida para aventurar su estimación, y ajusta a partir de ahí. Hacemos esto hasta un punto que roza lo ridículo: la información que tomamos como anclaje puede ser explícitamente inútil (como una cifra generada al azar), y el cerebro seguirá agarrándose a ella y sesgando nuestra decisión.

La disponibilidad, por otra parte, implica que basas tu juicio en cualquier información que te venga a la cabeza más fácilmente, y no tanto en considerar en profundidad toda la información de la que puedas disponer. Y eso significa que tenemos una tendencia muy marcada a basar nuestra visión del mundo en las cosas que han ocurrido más recientemente, o en aquellas especialmente dramáticas o memorables, mientras que todas aquellas cosas más antiguas o triviales que probablemente representen con mayor precisión la realidad cotidiana sencillamente… se difuminan.

Es por eso por lo que las noticias sensacionalistas sobre crímenes espantosos nos llevan a pensar que los índices de criminalidad son mayores de lo que son, mientras que noticias más asépticas sobre el descenso de la delincuencia no tienen ni mucho menos un impacto similar en sentido contrario. Este es uno de los motivos por los que mucha gente tiene más miedo de sufrir un accidente de avión (infrecuente, dramático) que uno de coche (más común y, por eso mismo, menos impactante). Y es por lo que el terrorismo puede producir reacciones automáticas tanto por parte de la población general como de los políticos, en tanto que se desestiman amenazas a la vida más letales pero más cotidianas. Entre 2007 y 2017, murieron más estadounidenses por accidentes con su cortacésped que por atentados terroristas, pero aún hoy el Gobierno norteamericano no ha declarado la guerra a los cortacéspedes (aunque, para ser sinceros,en vista de los acontecimientos más recientes no puede excluirse esa posibilidad).

Aplicados conjuntamente, el heurístico de anclaje y el de disponibilidad resultan de gran utilidad para hacer juicios rápidos en momentos de crisis, o para tomar tantas pequeñas decisiones cotidianas que tampoco tienen un impacto considerable. Pero si quieres tomar una decisión mejor fundada que tenga en cuenta toda la complejidad del mundo moderno, pueden convertirse en una pesadilla. Tu cerebro no cejará en el empeño de deslizarse hacia la zona de confort de lo primero que escuchaste, o de lo que antes te venga a la cabeza.

Ambos heurísticos son también el motivo de que seamos tan malos a la hora de evaluar riesgos y prever con acierto cuál de las muchas opciones de que disponemos es la que tiene menos probabilidades de llevarnos a una catástrofe. En realidad, tenemos dos sistemas mentales independientes que nos ayudan a evaluar el peligro de algo: uno rápido e instintivo y otro lento y reflexivo, que se consideran uno solo. El problema surge cuando ambos entran en conflicto. Una parte de tu cerebro te dice serenamente: «He analizado todos los datos y parece que la primera opción es la alternativa más arriesgada», mientras la otra parte te grita: «Sí, pero la segunda opción parece temible».

Claro, puedes pensar, pero somos más listos que todo eso, afortunadamente. Podemos forzar a nuestro cerebro a salir de su zona de confort, ¿no? Podemos ignorar la voz del instinto y amplificar la de la reflexión, y así valorar objetivamente nuestra situación, ¿verdad? Por desgracia, tales afirmaciones no tienen en cuenta el sesgo de confirmación.

Antes de empezar a documentarme para escribir este libro, pensaba que el sesgo de confirmación era un problema de primer orden, y todo lo que he leído desde entonces me ha convencido de que estaba en lo cierto. Y ahí precisamente está el problema: a nuestros cerebros no les hace ni pizca de gracia descubrir que están equivocados. El sesgo de confirmación es nuestro irritante hábito de centrar la atención, como un misil dirigido por láser, en cualquier mínima evidencia que refrende lo que ya pensamos, ignorando a la ligera aquellas otras, posiblemente mucho más abrumadoras, que sugieran que íbamos totalmente descaminados. En el mejor de los casos, esto contribuye a explicar por qué preferimos recibir la información de fuentes que coincidan en líneas generales con nuestras posturas políticas. En casos más extremos, es por lo que nunca vas a convencer a un conspiranoico de que sus convicciones están equivocadas, porque seleccionamos aquellos hechos que respaldan nuestra versión de la realidad y desechamos los que no. […]

Pero la cosa aún se pone peor. La resistencia de nuestro cerebro a la idea de que haya podido meter la pata es aún más profunda. Uno se inclinaría a pensar que una vez que hemos tomado una decisión, la hemos puesto en práctica y hemos observado, empíricamente, que el resultado empieza a torcerse de mala manera, al menos nos costaría un poco menos cambiar de opinión. Ja, ja, ja. No. Existe algo llamado sesgo de selección-apoyo, que, básicamente, supone que, una vez que nos hemos embarcado en determinada línea de actuación, nos aferramos a la idea de que nuestra decisión ha sido la correcta como un marinero en peligro de ahogarse se aferra a un tablón. Hasta repasamos nuestros recuerdos de cómo y por qué hicimos esa elección, en un intento de respaldarnos a nosotros mismos. En su forma más inocua, esto es lo que hace que cuando te compras un par de zapatos nuevos acabes arrastrándote lastimosamente por ahí repitiéndole a todo el mundo que te dan un aire poderoso y sin embargo seductor. En una forma más intensa, es lo que hace que los ministros del Gobierno insistan en que las negociaciones van muy bien y están muy avanzadas aunque resulte cada vez más evidente que todo se está yendo directamente a la mierda.

Hay incluso alguna evidencia de que, en ciertas circunstancias, el hecho mismo de decir a la gente que se equivoca (por más paciencia con que les demostremos inequívocamente que es así) puede, de hecho, hacer que se reafirmen más en su error. Enfrentados a lo que perciben como oposición, se empecinan y se atrincheran en sus creencias con fuerza redoblada. Es por este motivo por lo que discutir en Facebook con tu tío el racista o decidir hacerte periodista puede resultar una empresa condenada en última instancia al fracaso, que solo puede acabar contigo desalentado y con todo el mundo muy enfadado con tu persona.

Nada de esto significa que la gente no pueda, en ningún caso, tomar decisiones sensatas y bien fundamentadas: es del todo evidente que puede. O sea, después de todo, tú estás leyendo este texto. ¡Felicidades, sabes elegir! Es solo que nuestro cerebro suele sembrar de obstáculos el camino, convencido en todo momento de que está ayudando.

Tom Phillips es periodista y autor de Humanos (Editorial Paidós).

 

Habilidades

Publicado el

julio 9, 2019

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